Un oasis afgano

Las macrociudades tienen también sus pequeños espacios, sus barrios, y sus barrios dentro de otros barrios. Existe un pequeño rincón en la magnitud de Delhi donde puedes transportarte a otro país: Afganistán.

La comunidad afgana que vive en Delhi está, sobre todo, en el barrio de Lajpat Nagar, aunque no todos los habitantes de la ciudad son conscientes de ello. Conocido por  albergar un famoso mercado donde conseguir telas para ropa y utensilios para casa a buen precio, pocos saben en la capital que, a un par de calles del mercado y dentro del mismo Lajpat, se concentran gran parte de los 18.000 refugiados afganos que viven en India.  Sólo hace falta entrar para percibirlo.

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En su arteria central, los letreros dejan de estar escritos en hindi, para poder ser leídos en las lenguas madre afganas: dari y pashto. Los rickshaw (ese medio de transporte tan típico del sur de Asia) se mezclan con mujeres que visten burka. Las farmacias se cuentan a pares, y la comida callejera, evidentemente no falta.

Aquí el roti se cambia por el pan afgano: es mucho más esponjoso, con más cuerpo y no es requisito indispensable comerlo caliente. Estas grandes tortas de pan redondo, se ven por decenas en las “panaderías” que los ofrecen a pie de calle, bien dispuestos formando grandes pirámides.

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Se nota que la población es musulmana: hay más carnicerías que en las calles de mayoría hindú (pues son vegetarianos) y dentro se vende más cordero que pollo, pero nada de cerdo. Además, hay una palabra siempre presente, Halal, que hace referencia al modo en que los musulmanes deben sacrificar al animal: cortando la yugular y la carótida, pero dejando intacta la espina dorsal. Dicen que así se minimizar su dolor.

Indudablemente hay multitud de restaurantes. Eso sí, la mayoría coinciden en el nombre.  Se pueden encontrar en la misma calle cinco establecimientos llamados Delhi-Kabul. Nombre sencillo, para qué complicarse: une las dos ciudades de las que, sin duda, se sienten parte. Pero es difícil cuando has quedado con amigos, tardarás más de la cuenta en averiguar en cuál de los cinco están.

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Entrar en un restaurante afgano es alejarse del ajetreo propio de las tascas indias. Hay silencio, tranquilidad, se respira cierto ambiente familiar. Es fácil adivinar que por el modo que se tratan, las personas que se sientan en las mesas son clientela habitual, y la segunda vez que comes en el restaurante puedes empezar a reconocer algunas caras que viste en tu visita anterior.

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Pides esa carne que llaman kebab y ese mix de verduras que tan buena pinta tenía en la foto que aparece en el menú. Mientras esperas, te fijas en el televisor. Un canal afgano está conectado y emiten una película. Cuando aparece una mujer en escena pixeles desenfocando la rodean: todas las partes de su piel (excepto la cara) que no están cubiertas con tela están ocultas bajo el borrón del desenfoque. Incluso en la distancia la ley islámica se sigue aplicando.

Llega el plato y sabes que esta vez no necesitarás pedir tres veces agua para calmar el picor: ¡da gusto comer tan relajado! Se pueden disfrutar de las grandes brochetas de cordero y pollo cocinadas al horno y finamente especiadas, y mojar ese jugoso pan afgano en el broani banjan que pediste: una sabrosa mezcla de  rodajas de berenjena frita con crema de ajo y ese toque a menta. ¡Para chuparse los dedos!

En cada mesa que te rodea hay un termo con té, sino varios. Es la bebida imprescindible con la que los afganos acompañan su comida. Y tú no vas a ser menos. Hay dos opciones: té verde o té negro. El primero para saciar la sed, el segundo para entrar en calor. Ambos igual de sabrosos. Y de necesarios, pues son él último remanso de paz antes de salir de nuevo a las calles indias de la caótica Delhi.

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Photo: Elena del Estal


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