¿Por qué comemos palomitas en el cine?

Charles Chaplin se acercaba a una joven ciega que vendía flores en un puesto callejero de alguna ciudad norteamericana. Era Luces de la ciudad (1931), película en la que Chaplin representaba una historia de amor repleta de sus pinceladas cómicas, y una de las más aclamadas de su trayectoria. Decenas de estadounidenses acudían al cine para ver esta película absortos, mientras le daban un trago a su refresco y cogían un puñado de palomitas. Chaplin sabía cómo entretener a las masas a través de sus comedias.

El cine, que desde 1927 incluía sonido, era ya, efectivamente, un espectáculo de masas. Se trataba del principal entretenimiento para una sociedad que a finales de los años 20 había visto cómo su mundo se derrumbaba por el crack del 29. Más de 13 millones de personas se quedaron sin empleo y en una situación de precariedad en la que el cine era una de las pocas diversiones que podían permitirse, y toda una evasión para una situación de crisis financiera que ahogaba sus vidas. (Al contrario que en la actualidad, en aquella época una entrada de cine apenas suponía unos pocos centavos de gasto). Y, sin embargo, fue en esta situación de injusticia social y económica cuando nacía una de las tradiciones sin la que ya no concebimos el cine. Porque, ¿A qué huele el cine? A palomitas.

palomitas en el cine

La experiencia cinematográfica es completa cuando lo que se adquiere es entrada + refresco y palomitas, aunque bien es cierto que muchas veces nos comemos todas las palomitas cuando la peli ni siquiera ha empezado. Pero, ¿Por qué palomitas? En aquella época de escasez, el maíz era, sin embargo, un alimento abundante en los Estados Unidos, con un coste de producción relativamente bajo, por lo que los espectadores podían adquirir un cucurucho de palomitas a un precio muy asequible para entretenerse mientras disfrutaban del último estreno.

Las calles que albergaban cines vieron cómo los puestos callejeros de palomitas crecían en sus alrededores. Las palomitas llegaron para quedarse. Concretamente, llegó Julia Braden. Ella fue la culpa de asentar esta tradición. Braden vendía palomitas en un puesto callejero de la ciudad de Kansas (en el estado de Missouri), y un día se le ocurrió la idea de incluir este puesto dentro de unos cines, Los Linwood Theater. Si vendían en el propio cine las palomitas que se iban a consumir mientras veían la película, ella ganaría dinero y los propietarios de los cines verían aumentar sus beneficios. Todos ganaban.

Y como todo modelo de negocio, si funciona, se expande. Y es que, además, hacer palomitas requería de una mínima infraestructura: una máquina donde el grano de maíz explota y ¡Puufff! Palomitas hechas. ¿Cuál es el proceso? Cada grano de maíz contiene una pequeña cantidad de agua en su interior recubierta por un caparazón más sólido. A medida que el grano va calentándose el agua se expande hasta convertirse en vapor, y debido a la presión el grano de maíz explota y libera el almidón del interior para adquirir la extraña forma de la palomita, ¡Las palomitas consiguen expandirse hasta 40 veces su tamaño original!

palomitas en el cine combo

Poco a poco todos los cines de América, y después de Europa, fueron incluyendo la venta de palomitas (también de otros snacks como cacahuetes o patatas fritas) en su negocio, y con la llegada de la segunda Guerra Mundial esta tradición terminó de consolidarse.

Casi un siglo después de la democratización del cine, hoy en día vemos cómo los cines disponen de palomitas, snacks, golosinas, caramelos, bebidas… una actividad que nacía como complementaria de la venta de entradas y que se ha convertido en fuente de ingresos imprescindibles para los cines. Incluso los hay con ofertas de perritos calientes o tacos. Lo que demuestra, una vez más, que hay ocasiones en las que la idea más sencilla es la que triunfa.

palomitas en el cine maiz

En Luces de la ciudad, (¡Ojo, spoiler!) al final de la película la joven, no sólo recupera la vista, sino que además abre una floristería en la misma esquina donde solía vender flores. Como en la peli, Julia Braden consiguió poner en marcha un negocio, el de las palomitas, que se ha convertido en toda una razón de ser para la experiencia cinematográfica. Un producto que, si bien prescindible, es absolutamente representativo del cine y forma parte ya de la cultura popular.


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