Mercadillos navideños por el mundo

El origen

Hasta donde yo sé—que no es demasiado—el origen de los mercadillos navideños, que en estas fechas inundan las plazas y las calles de nuestras ciudades, se encuentra en la Alemania del siglo XV, en concreto en Dresde (Dresdner Striezelmarkt), ciudad maravillosa y llena de encanto. Desde el año 1434 aparece citado un Striezelmarkt, el mercado de los Striezel o, por su nombre largo, Allerheiligenstriezel, un típico dulce alemán que tiene la forma de un bollito trenzado hecho con levadura, harina, mantequilla huevos, pasas, leche y sal, y que se decora con diferentes semillas. Por supuesto, originarios de Dresde son también los lebdkuchen, unas deliciosas tortitas de pan de especias recubiertas de azúcar o chocolate, que se venden, por cierto, en ciertos supermercados alemanes que todos conocemos. En el mercado de Dresde se venden, sobre todo, dulces, pero hay más mercadillos en la ciudad en los que podemos encontrar alimentos típicos alemanes además de artesanía local. Esto parece común a todos los mercadillos de Navidad, lo local, como si estas fiestas invitaran a recogerse no sólo con la familia y los amigos, sino en la tierra que nos vio crecer. Es célebre también el mercado que se celebra en Berlín, el de Spandau, en el que se pueden encontrar toda clase de comidas típicas. Sin embargo, los mercadillos alemanes son más bien de Adviento que de Navidad, pues comienzan poco después de mediados de septiembre y se cierran antes de que termine diciembre.

Mercadillos navideños

En Francia es la región de Alsacia, que durante mucho tiempo fue alemana, la que más tradición tiene de mercadillos navideños. El de la pequeña ciudad Colmar (entre la francesa Estrasburgo y la alemana Friburgo), además de ser el más antiguo, es el que más fama tiene. Ya sea en la Plaza de los Dominicos, en la de Juana de Arco o en cualquiera del resto de sus ubicaciones, podemos perdernos entre los puestos en los que encontraremos una gran cantidad de productos agroalimentarios locales. En la misma región podemos encontrar otros mercados típicos de Navidad en localidades como Thann, Riquewihr, Eguisheim, Struth y Obernai; pero en otras regiones de Francia, como en Provenza, podemos perdernos también para encontrar estos mercadillos.

mercadillos navidenos

Si seguimos hacia el sur, podemos llegar hasta Italia. Empezamos Trento, en cuyo mercado navideño, sito en la Piazza Feria, se pueden disfrutar prácticamente todas las especialidades culinarias de Trentino. Pasamos a la maravillosa Florencia, en cuya Plaza Santa Croce se levanta el tradicional mercadillo navideño—se celebra sobre todo durante el Adviento—en el que podremos disfrutar de la gastronomía de la zona, aunque, curiosamente, encontramos también la influencia alemana, pues podemos encontrar productos que son característicos del vecino del norte, como el pan de jengibre y dulces como los strudel. Bajamos hasta Roma, donde la influencia alemana es mucho menos perceptible, para encontrarnos en el mercado navideño de la Piazza Navona (Mercatino di Natale della Befana). Como el nombre indica, el mercado se centra en la Befana. Se trata de un personaje de leyenda, cuyo apelativo deriva de la fiesta de Epifanía (Reyes): una anciana, siempre sonriente—a diferencia de las brujas—que durante la noche del cinco al seis de enero deja en los calcetines colgados en las casas dulces y caramelos a los niños si han sido buenos; pero si han sido malos, sólo deja carbón. Lógicamente, en el mercado hay gran cantidad de dulces, castañas asadas, algodón de azúcar, caramelos y carbón dulce negro, y se pueden encontrar también productos tradicionales de la tradición belenista y de la región del Lazio. Podríamos acudir a Verona o a Bolonia, pero acabamos este breve paseo por Italia en la cuna de los belenes, Nápoles, donde podremos encontrar productos de la Campania especialmente en Via San Gregorio Armeno, una calle que está dedicada todo el año a la Navidad.

Mercadillos navideños

Paseando por los mercadillos de España

En España los mercadillos son típicamente navideños y los días de más ventas son precisamente lo que rodean a la fiesta de Navidad (sobre todo en lo que se refiere a las comidas) y a la de Reyes (artesanía). A veces, incluso, no son “típicamente” navideños, sino que las instituciones públicas (ayuntamientos y diputaciones) aprovechan las fiestas de Navidad para congregar a los artesanos de la comarca y exponer sus productos, algo así como una feria comercial con motivo de las fiestas. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en el Mercadillo que se monta en el patio de la Diputación Provincial de Sevilla donde se dan cita artesanos de los diferentes pueblos: podemos probar desde el pan tradicional hasta diferentes derivados del cerdo ibérico (lomo, jamón, chorizo…) pasando por una gran variedad de quesos, dulces navideños y, por supuesto, uno de los productos estrella de la provincia: el aceite de oliva. Sorprenden en este mercadillo los precios, pues hacen evidente que los distribuidores habituales se llevan una buena parte de lo que gastamos en alimentos. Además, en este mercadillo se encuentran también puestos de artesanía, aunque aquí la parte del león se la lleve el mercadillo navideño de la Plaza Nueva. Es tradicional en la ciudad la Exposición de dulces de los Conventos de Clausura, que va por la trigésimo primera edición, pero que se ha clausurado a mediados de diciembre, y en la que pudimos probar las riquísimas yemas de San Leandro.

Mercadillos navideños

En Madrid encontramos el mercadillo tradicional de la Plaza Mayor, que siempre recordaremos por la famosa escena en la que Pepe Isbert perdía a su nieto Chencho. Podemos surtirnos de todo tipo de dulces navideños; lógicamente, en una ciudad de este tamaño, se instalan otros mercadillos; por ejemplo, el del distrito de Tetuán y, claro, los mercados habituales no sólo se decoraran para la ocasión, sino que se abastecen especialmente de productos típicos de las fiestas navideñas. Siguiendo el ejemplo de Sevilla, este año ha tenido lugar la II Exposición de dulces de Monasterios y Conventos de Clausura donde se pueden comprar turrones (aquí uno de los lugares más típicos donde comprarlos), garrapiñados, tortas y otros mil productos elaborados por las monjas de clausura. Si nos movemos hacia el norte, podemos parar en los mercadillos que se instalan en San Sebastián o Bilbao con motivo de la fiesta de Santo Tomás en los que es posible degustar una cantidad prácticamente interminable de productos típicos del País Vasco.

Vayamos adonde vayamos, en prácticamente todas las ciudades de la geografía española—y en no pocos pueblos—encontraremos mercadillos navideños en los que se nos ofrece lo mejor de la gastronomía y de la artesanía de cada lugar. Aunque este año no está resultando frío y las temperaturas parecen dignas de una primavera adelantada en meses, estos días de fiesta somos invitados a disfrutar de lo más cercano: nuestra familia y nuestra comarca con todo lo que ello conlleva. Sin duda, la globalización nos trae productos lejanos, típicos de otras culturas (que en ocasiones podemos disfrutar también en estos días gracias a los mercadillos); pero las tradiciones seculares tienen su peso, pues al fin y al cabo son nuestra historia y sobre ellas hemos crecido. La Navidad, que al menos en mi caso, está asociada profundamente a la infancia, a las reuniones familiares y a la celebración de la vida, tiene un componente gastronómico que no se puede obviar. La mayoría sentimos pánico a poner unos kilitos estos días en los que los excesos con la comida se hacen habituales: el jamón, las gambas, los caldos, el cordero…, pero también los vinos y los cavas. Tiempo para perderse por las calles de nuestras ciudades y desembocar en un mercadillo en el que nuestros ojos recuperarán el brillo de la infancia.


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