Dulces conventuales, dulces centenarios

Tarta de Santiago de Antealtares

Toda España, al igual que ocurre con Portugal, cuenta con una riquísima tradición de dulces conventuales. Se trata de recetas que, en muchos casos, cuentan con siglos de historia y que, en ocasiones, si se profundiza un poco esconden raíces musulmanas o judías en un capítulo de nuestra historia gastronómica que no siempre valoramos como se merece y que va mucho más allá de los simplemente goloso.

Dentro de esta diversidad Galicia ha conservado un patrimonio repostero conventual especialmente rico. Tal vez por estar comunicada con Castilla pero también con Portugal; tal vez por la influencia que durante siglos marcó el Camino de Santiago o, tal vez, porque Santiago es una de las ciudades santas del Catolicismo así que por ella pasan todas las órdenes religiosas.

La cuestión es que uno puede utilizar estos dulces de convento como argumento para montar una ruta por Galicia que vaya del interior a la costa, de las ciudades a monasterios remotos escondidos al fondo de valles de difícil acceso. Una manera como otra de conocer el país, con el añadido de un buen acompañamiento gastronómico.

La ruta podría empezar en Santiago, por qué no. Es el centro religioso y ya que hablamos de dulces de conventos no parece un mal principio. Aquí se conservan algunos tesoros medievales como las galletas de claras que el convento de Antealtares ofrecía gratuitamente a los peregrinos a su llegada a la ciudad.

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Galletas de claras

Y ya que hablamos de Antealtares hay que decir que entre sus muros nació, seguramente, la tarta de Santiago. Hoy es uno de los iconos gastronómicos de la ciudad, popularizado a comienzos del S.XX por la Confitería La Mora, pero mucho antes –algunos investigadores hablan, incluso, del S.XVI- aquí, en la clausura de San Paio, ya se preparaba con la misma receta que hoy se puede conseguir encargándola en el torno.

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Tarta de Santiago de Antealtares

El recorrido podría seguir por el convento de Belvís, en una colina que mira a la antigua Compostela amurallada, donde hoy se siguen preparando unos almendrados realmente adictivos. Pero no hay por qué limitarse a Santiago. Este itinerario goloso podría llevarnos a Viveiro, en la costa cantábrica, conocida también por sus especialidades conventuales. O a Allariz, la capital repostera del interior, donde la mayoría de los dulces pueden adquirirse ya fuera de los conventos: almendrados, almendras de picos, rosquillas…

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Almendrados de Belvís

Si vamos hacia el sur la gran parada seguramente sea Redondela, aunque la dirección que decidamos es casi lo de menos. En Sobrado dos Monxes, en el límite entre A Coruña y Lugo, la comunidad cisterciense se ha especializado hoy en día en mermeladas. En Ferreira de Pantón, en plena Ribeira Sacra, las pastas y las rosquillas de siempre se han ido enriqueciendo en los últimos años con las recetas de monjas llegadas de África, del Caribe y o de América del sur, de tal forma que hoy el coco convive en sus elaboración junto a la yema, la almendra y el cabello de ángel.

Pero si un lugar merece una visita en cualquier itinerario repostero que decidamos, ese es el Monasterio de Oseira, seguramente el de mayores dimensiones de Galicia, una auténtica joya arquitectónica del renacimiento y del barroco que guarda aún trazas de su origen medieval y en el que las especialidades no sólo se comen sino que también se beben.

Las pastas de Oseira tienen especial fama. Pueden parecerse a las de cualquier pastelería más o menos tradicional, pero aquí el paso de los años, de generaciones de monjes reposteros ha ido dando forma a sabores y a matices únicos. Junto a ellas, puede que incluso como acompañamiento, su licor Eucaliptine, inspirado por el Chartreuse francés pero con una fórmula única, conocida solamente por dos monjes, de la que solamente se sabe que incluye hojas de eucalipto y hierbas de las montañas vecinas.

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Pastas de Oseira

La gastronomía puede servirnos para mucho más que para disfrutar de ella en un plato. Puede ser un pretexto para conocer mercados y productores, zonas en las que un alimento o un plato tienen especial fama. O, como en este caso, puede servirnos para proponer un itinerario por la historia, por sabores centenarios, por elaboraciones que nos remontan en el tiempo y disfrutar, al mismo tiempo, de un envoltorio monumental difícilmente superable.


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