El legado de una castañera

Cuando llega el frío y las luces de Navidad se encienden en la gran ciudad, Antonio se levanta cada mañana y atraviesa medio Madrid camino a la Plaza del Callao. Al llegar, sobre las 10,30 de la mañana, limpia su pequeño puestecito amarillo, de poco más de un metro cuadrado, y enciende la lumbre. Enseguida el olor a carbón de encina inunda el kiosco, y Antonio echa con cuidado una buena tanda de castañas bien marrones y prietas, “de la zona de Ávila y Cáceres” apunta.

Cada día, con este gesto, Antonio rinde tributo a su madre, Antonia, la castañera que deleitó a grandes y chicos durante más de 40 años en la Plaza del Callao y que ahora descansa en paz desde hace ya cinco inviernos.

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Antonia llevaba la venta en los genes. Ya de niña vendía con sus padres en el Rastro, en Carlos Arniches y la Ribera de Curtidores, y al casarse con Pepe le surgió la oportunidad de ganarse la vida vendiendo castañas y lotería de Doña Manolita, primero en la Plaza de Jacinto Benavente y después en Callao.

“Ya desde niños mis hermanos y yo veníamos aquí a estar con mi madre -explica Antonio-, hiciera frío o lloviera… Cuando llovía montábamos nuestra lona y cuando soplaba mucho aire, la agarrábamos para no volarnos, pero nos encantaba el ambiente y nos quedábamos con ella”.

A Antonia le daba tiempo a ocuparse de sus ocho hijos y a ganarse un nombre entre las castañeras de Madrid. “Era una máquina -reconoce Antonio- la conocía mucha gente que venía al cine, a la Gran Vía, y como a todos les gustaban las castañas, todo el mundo le compraba. Mi madre ha sido siempre muy maja con los chavales y con todo el mundo, aunque también tenía su carácter, no creas…”.

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Con 78 años y ya delicada de salud, Antonia le dio el relevo a su hijo: “Cuando no hay castañas intento ganarme la vida como puedo, primero apretándome el cinturón y luego haciendo lo que sea, sobre todo en la construcción. Pero ahora la cosa está difícil, y ya llevo tres años sin trabajar fuera de la temporada de castañas”, confiesa.

Aunque la licencia en Madrid para asar castañas dura hasta el mes de mayo, según Antonio, el género empieza a llegar en peores condiciones a partir de febrero “porque la castaña es una fruta fresca, no es un fruto seco”, remarca. Antonio asa unos 15 o 20 kilos cada día, de los que tiene que retirar alguna castaña que se quema y alguna que otra en mal estado. “Suelo comprar en Mercamadrid, pero la verdad es que según veo el género, voy a unos mercados u otros”. Compra de poco en poco porque, salvo en su “furgonetilla”, no tiene mucho sitio donde meterlas.

Entre charla y charla Antonio asa y manipula las castañas, con la espumadera y también con sus manos, que se ven secas, ásperas y llenas de callos por el calor de la lumbre. “Quien come castañas es quien las comió de chico, la mayoría de los clientes son gente de aquí”, explica Antonio, pero no son pocos los extranjeros que se acercan a su puesto a comprar media docena por 1,5 euros, una docena por 2,5 euros y 18 castañas por 3 euros.

Así pasan los días de Antonio en la temporada de castañas, prácticamente sin salir del pequeño puestecito hasta que lo cierra, a las 10,30 de la noche, ni siquiera para comer: “Me traigo la tartera de casa con lo que toca, hoy he comido lengua estofada ¡qué rica!, me la calientan en el micro del bar de al lado, aunque también me pongo morado de castañas”, confiesa.

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Los sentimientos de Antonio son contradictorios y, aunque tiene un hijo, reconoce que no le gustaría que se dedicara a las castañas. “Aunque es un oficio en el que te ganas la vida honradamente con algo que le gusta a la gente y pagas tus impuestos, la calle es dura”, confiesa. “Sin embargo- continúa el castañero-, si no lo hacemos nosotros, esta tradición se pierde; para mí las castañas son algo sentimental. A veces estoy harto, pero creo… que si dejo de hacerlo, me muero”.

Fotos: Patricia Magaña


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