Cartelería retro

De ser un simple reclamo comercial han pasado, con los años, a convertirse en iconos de nuestra cultura. Y si no lo crees, piensa en las docenas de toros (antes toros de Osborne) que todavía perviven junto a nuestras autovías o, sin ir más lejos, en los emblemáticos luminosos de Schweppes en la Plaza de Callao o de Tío Pepe en la Puerta del Sol. Estos carteles publicitarios, esta cartelería retro, son un símbolo que ha sobrevivido a los tiempos.

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Foto de Raúl Hernández

Son ya mucho más que un recurso publicitario. En ocasiones nos hablan, incluso, de marcas o productos que ya ni están en el mercado. Pero son, al mismo tiempo, parte de nuestra cultura gastronómica, ventanas que se abren a un pasado en el que consumíamos de otra manera, en el que la televisión todavía no había llegado y nuestro día a día estaba repleto de estos paneles de azulejos, de murales en las paredes de edificios y de esos primeros luminosos que llenaron de color la noche de las grandes ciudades.

Muchos de estos carteles han ido desapareciendo, lamentablemente. En un primer momento es normal que fueran sustituidos por otros soportes publicitarios, que la medianera en la que estaban fuera blanqueada. Pero décadas después tal vez deberíamos protegerlos como lo que son: muestras de nuestra cultura, ejemplos de aquella edad de inocencia comercial que mantienen un encanto hoy desaparecido.

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Hace tiempo, viendo un cartel de una marca de vinos de jerez, abandonado y oxidado colgado en el lateral de un hórreo en el algún lugar en el centro de Galicia lo recordaba. Ese otro panel que hay junto a la viguesa Porta do Sol nos habla de una cultura de los vinos jerezanos que tuvo, por entonces, más presencia en Galicia de la que hoy es capaz de mantener.

Y lo recuerdo también cuando paso por ese cartel de agua mineral, entonces anunciada más como medicinal que como un simple recuerdo, que está siendo comido por las hiedras en algún punto de la carretera de Padrón a Compostela. Pero fue un rótulo de Cervezas el Águila Negra que me encontré el otro día en una carretera de la montaña asturiana el que me decidió a escribir. Me dí cuenta entonces de que llevaba años acumulando fotos de estos rótulos que son parte de nuestra gastronomía, tanto como el plato del que disfrutamos en un restaurante o ese libro de recetas manuscritas que heredamos de nuestra abuela.

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Es interesante ver cómo algunos juegan con la iconografía local. Esos carteles de Anís La Cordobesa que aun se encuentran en algunos pueblos del centro andaluz y que juegan evidentemente con una estética que remite a Julio Romero de Torres. Otros, como la mencionada cerveza Águila Negra, que durante un siglo fue la más popular en Asturias, jugaban con el tópico del alemán barrigón y cervecero de una manera que hoy nos puede parecer casi naif pero que, reconozcámoslo, tiene su encanto.

Hay locales que han sabido verlo y que basan hoy buena parte de su encanto y de su personalidad en este tipo de cartelería. Creo que uno de los mejores ejemplos es el Café Iruña de Bilbao, virtualmente cubierto en una de sus sala de paneles de Ron La Negra, Anisados Martín Visiedo de Cazalla o de Fino María Teresa. Sentarse allí a disfrutar de un zurito y un pincho es algo absolutamente bilbaino y original a la vez gracias a esos reclamos que crean atmósfera desde las paredes.

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En España nunca hemos sido de prestarle excesiva atención a cuestiones de diseño ni a la historia de la gastronomía. Hay excepciones, claro que las hay, pero la atención general suele circular por otros derroteros. Así que es fácil entender que cuando historia gastronómica y diseño se dan la mano nos quede, todavía, mucho por hacer. Las polémicas con los mencionados toros de Osborne o con el luminoso de Tío Pepe lo ponen de manifiesto: por un lado las autoridades siguen considerándolos como simples objetos de otra época que estorban mientras, por otro, un público minoritario aunque creciente, reclama su conservación.

Tal vez en el futuro podamos contar con un museo de la publicidad alimentaria que recoja las tendencias y la evolución de estas manifestaciones culturales. Hoy por hoy lo que nos queda es disfrutar de esta cartelería retro cuando tenemos acceso a revistas antiguas y, sobre todo, abrir bien los ojos cuando nos movemos por pueblos y ciudades porque ahí, donde menos te lo esperas, en un rincón de la plaza del pueblo, colgando de un hórreo abandonado o semiocultos por la maleza siguen esperando a que nos fijemos en ellos.


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